Las criptomonedas se enfrentan a su enemigo, el control

El año que está a punto de acabar ha sido el de la confirmación de las criptomonedas como un poderoso activo. Quedan menos de 5 millones sin liberar de los 21 millones de Bitcoin que existen, lo que ha provocado que su valor explote durante 2017.

Sin embargo, la opinión generalizada es que las divisas virtuales son, simplemente, un activo con una volatilidad muy alta. Es decir, los inversores se exponen a grandes riesgos pero, a su vez, pueden lograr una enorme rentabilidad.

El CFO de Accurate Quant, Igor Alonso, explica que las criptomonedas «tienen los mismos peligros que cualquier otro activo: incertidumbre jurídica en su utilización y gestión, inmadurez de los mercados donde se comercializa, poca liquidez, estar sobreevaluada, vulnerabilidad en la custodia de las posiciones y, por último, su valoración basada exclusivamente en expectativas. Además, las volatilidades son muy muy altas: en el Bitcoin, las variaciones diarias en el precio de +/- 10% son muy frecuentes. Y ya si nos vamos a otras monedas, podemos ver duplicada la valoración por momentos». En cuanto a las rentabilidades, añade, «las monedas virtuales se salen de las tablas».

Justo por estas características se han convertido en un gran atractivo, e incluso «muchos ‘‘brokers‘‘ de Wall Street que operaban en futuros o acciones, han decidido entrar en el mercado de las criptomonedas», comenta Tali Salomon, responsable de habla hispana de eToro. Si quienes más saben de inversión en el mundo apuestan por las divisas virtuales, es por sus beneficios. Pero que el viento corra a favor de las criptomonedas no es un contexto positivo para todos, desde los organismo internacionales las contemplan como una amenaza.

Amenaza

Alonso mantiene que las divisas virtuales «restan capacidad recaudatoria y de control a los gobiernos, y también reduce las posibilidades de establecer políticas monetarias, algo que le encanta hacer a los bancos centrales». En definitiva, que quienes tienen el poder en la economía se resiente cuando no puede intervenir en ella. Por ello, ya se han escuchado los primeros avisos de que las criptomonedas se deben regularizar. El pasado septiembre, la directora del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, anunció que la institución estudia la opción de regularizar las monedas virtuales ante la generalización de su uso. Y es que el volumen de trasferencias diarias que se llevan a cabo con divisas digitales, se encuentra alrededor de los 15.000 millones de dólares.

Todos los usuarios tienen constancia de dichas transacciones gracias al «block-chain», pero nadie puede controlarlas, ni siquiera los «mineros», que son meros registradores de los movimientos. Con ello, la intención es eliminar cualquier intervención en el sistema. Sin embargo, parece que dejará de ser así tarde o temprano. «La regulación va en contra del principio básico de las criptomonedas de quitar la figura de los intermediarios», afirma Salomon, quien apunta que hasta los que están en contra de este control, han terminado por aceptarlo: «Impulsores y detractores están de acuerdo en que la regularización debe llegar para consolidarlas, pero por el momento son muchas más las preguntas que las respuestas. ¿Cuál sería su alcance? O ¿qué organismos serían los encargados del control y supervisión?

El problema es que, más allá del aviso de Lagarde, ninguna institución se ha ofrecido para establecer un control internacional. De hecho, las naciones se están adelantando a dichos organismos y han analizado la posibilidad de acuñar su propia moneda virtual. Ejemplo de ello es Estonia, aunque el Banco Central Europeo (BCE) tiró por los suelos el proyecto, como era de esperar.

El BCE no quiere que el euro tenga competencia y, de esta manera, continuar con su creación indiscriminada por los suelos, lo que ha llevado a que el valor de la moneda continental se encuentre bastante bajo, al contrario que el de la divisas virtuales, cuya oferta es limitada. Con todo, resulta muy lejano que el BCE pueda producir su propia criptomoneda porque «el hecho de pensar en bancos centrales desarrollándolas, es un poco contradictorio, pues entre las razones básicas para elaborar las divisas digitales era devolver a las personas el control de su dinero», y robárselo a los organismos. Vamos, que las criptomonedas son una especie de Robin Hood del sector financiero.

Como el famoso héroe, los pensadores de las monedas virtuales tenían en mente un fin colectivo, el de democratizar el uso del dinero. Que cualquiera pudiese invertir en una moneda con un valor exponencial y usarla a su manera bajo un pseudónimo. «Es difícil conocer datos exactos de los usuarios debido a su anonimato, pero podemos diferenciar dos grandes grupos: personas o entidades con altísima capacidad adquisitiva, bien asesorados operativa y jurídicamente, que ven un filón para especular de forma muy rápida; o modestos inversores con un perfil de riesgo elevado, muy familiarizado con las nueva tecnología», destaca Igor Alonso.

A pesar de que recibe demanda de inversores de todas las clases, aún no se puede hablar de las criptomonedas como un activo fijo en el mercado como las acciones de Bolsa o los elementos inmobiliarios. «Es un poco precipitado verlas como un ‘‘Asset Class’’ y saber cómo se comportan dentro de una cartera de activos. Prácticamente, sólo conocemos un lado de las divisas virtuales, en un contexto favorable, pero hay dudas sobre cómo actúan en ciertas situaciones económicas con respecto al resto de clases de activos. Por ello, hay que esperar para vislumbrar su verdadero impacto en una inversión en la que se combinen con otros valores», apunta Alonso.

Sustituto

Ahí estriba una de las grandes dudas de las criptomonedas, su convivencia con otros elementos ya existentes. Sobre todo, con su hermano mayor, las divisas físicas. El plástico, las tarjetas de crédito y débito, son cada vez más usadas en detrimento del efectivo, tanto para comprar directamente en tienda como en internet. Parece que la sociedad se dirige hacia la intangibilidad, todo lo corpóreo es molesto, ocupa espacio y resta velocidad a los trámites. Además, la moneda pesa, pero no si es virtual. De ahí que en el sector financiero se esté mirando de reojo la posibilidad de que las monedas virtuales sustituyan a los billetes y las divisas físicas. Tali Salomon argumenta que «la idea de las criptomonedas es reemplazar el dinero en efectivo, como parte de una evolución. Ya hoy en día pagamos la mayoría de las cosas por internet. Por eso creo que es un proceso que sucederá, y probablemente más pronto que tarde. Obviamente, los recursos y la tecnología para hacer de esto un mecanismo de cambio universal no están totalmente desarrolladas ( incluso algunas herramientas necesarias no están ni inventadas), pero hace 30 años la gente no tenía ni idea que se crearían los teléfonos celulares y los ordenadores sólo aparecían en películas de ciencia ficción».

La diferencia de las monedas virtuales con las computadoras es que las divisas digitales llegaron antes al mundo real que al cine. Eso sí, la combinación de códigos del «blockchain» recuerda a cintas como «Minority Report» o «Matrix», películas que imaginaban un mundo futuro con tecnología novedosa. Las criptomonedas bien podrían ser protagonistas en alguna de dichas cintas, pero ni siquiera los guionistas fueron capaces de prever alguna competencia para, como decimos en España, «el valeroso caballero don dinero».

Distintos tipos

Las criptomonedas tienen distintas cualidades, su rentabilidad, su ausencia de intermediarios o su anonimato. No obstante, otra de sus principales características, es la variedad de divisas digitales que existen. Salvador Casquero, profesor del programa Banca Digital del IEB y cofundador de 2gether Bank, asegura que «cada vez hay más monedas virtuales y más usos de las mismas. Un nuevo tipo son los llamados «tokens» de las ICO (Initial Coin Offering), que sirven para alcanzar nuevas formas de financiación de las empresas. Estamos caminando hacia una monetización digital de cualquier activo (diamantes, ‘real estate’, dinero fiduciario, etc.). Depende de cómo sea la tecnología, el «blockchain», que la soporta, hay monedas preminadas, emitidas por código, en redes abiertas, no permisionadas (Bitcoin o Ethereum), que embeben códigos inteligentes («smart contracts»), diferentes algoritmos de consenso o que funcionan en redes permisionadas». Este último es el caso de Ripple, una moneda virtual que es ejemplo de que, con tantas alternativas, las empresas encuentran en alguna de ellas una adecuada forma de pago. De este modo, Ripple recibe apoyo corporativo de grandes compañías como Google Ventures, Standard Chartered, Accenture, Santander, o InnoVentures. Por otra parte, Bitcoin ha rechazado los apoyos empresariales, pero no su principal competidora, Ethereum, nacida en 2015, que cuenta con el respaldo de JP Morgan Chase, Microsoft, CME Group y BNY Mellon.

FUENTE: LaRazon.es

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